lunes, 29 de agosto de 2016

Mi infancia en la estación


Me crié en 9 de julio 225, casi frente a Unión. Crecer a una cuadra de la estación no sé si es lo mejor, en mi caso, es lo que me tocó, y me maravilla recordarlo. Cuando era niño, pasaban 3 días por semana los trenes hacia Buenos Aires (lunes, miércoles y viernes) mientras que martes, jueves y sábado volvían. Todavía recuerdo las jaulas de pollos del "Pollero" Prieto, las bolsas con películas que recibía y despachaba el tío Alberto y las famosas "Vueltas al perro" que con mamá y Mary protagonizábamos por los menos dos veces a la semana. Es que la cercanía convocaba: ir a ver pasar el tren era una de las atracciones en los pueblos a fines de las década del sesenta. Recuerdo el andén repleto de gente; los vagones repletos de "rusos" y el olor que despedían las locomotoras cuando frenaban, algo que me fascinaba. Creo que ese aroma lo daba la arena que usaban los frenos. Los "rusos" eran los turistas que iban al lago Epecuén, que por esos años estaba en franco crecimiento y que con sus aguas termales convocaba a personas mayores que tenían problemas reumáticos (luego, siendo ya adolescente, fui uno de los tantos cazadores de nietas y sobrinas que los acompañaban en aquellos veranos donde "la selva" que nos convocaba era el famoso local bailable "Bim Bam Bum")

Era hermoso flotar en las aguas del lago, pero había que quitarse la sal lo antes posible al salir porque de lo contrario "tiraba" muchísimo la piel. Había también un tren que pasaba por Tres Lomas a las 3 de la tarde, los sábados y regresaba los domingos, también a esa hora.

Vuelvo a la infancia y la estación: me crié remontando barriletes en sus vías y cazando pájaros con la gomera en sus andenes. Recuerdo a don Pedemonte, el Jefe hasta su retiro y luego al que vino hasta el cierre, que terminó viviendo en el barrio, a dos casas de la de mi madre, y a Julia, su esposa, una de las mejores amigas de Leonil. Cuando paraba de llover, había que ir ahí para saber cuánta agua había caído.

Las historias de linyeras, incluso ver a más de uno en el monte que está aún frente a la estación, con sus fueguitos y sus pocas pertenencias. También recuerdo la casa donde se hospedaban los maquinistas, algunos de los cuales solían estar varios días, hasta tomar una nueva locomotora. Estaba a mitad de cuadra, entre la Plaza Islas Malvinas y el Hotel de Pallarés, frente a la vía. Cuando era niño, recuerdo las carreras en la placita que está frente a la estación con los kartings que la barra de mi hermano Oscar construía con rulemanes (Tengo grabadas las imágenes de uno color verde que tenía Jorge Fiol)


Andar en las zorras, ver el Embarcadero repleto de hacienda y presenciar cómo cargaban los innumerables vagones que partían rumbo a Buenos Aires, vagar todas las tardes entre los galpones, que tenían una gran actividad. Mover la estructura que usaban para dar vuelta a las locomotoras y aquella tarde en que se nos atrancó y la dejamos torcida (el miedo a que se cayera una locomotora esa noche, cuando escuché que una máquina andaba en la zona...) En una casita muy pequeña que estaba ahí al lado vivió la familia de Libio Arias cuando recién llegaron a Tres Lomas. Estaba justo enfrente de donde hoy está la terminal de ómnibus. Ahí, también, supo haber una formación de unas 5 o 6 locomotoras abandonadas. Les decíamos "máquinas negras", eran las típicas máquinas a vapor que se ven en las películas por lo que pocos podrán imaginar lo que significaba para los pibes jugar al poliladron en ellas.
  
Mi infancia es absolutamente inseparable de la estación de mi pueblo.

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