QUEMÁ ESAS CARTAS
REFLEXIONES SOBRE LA DERROTA
por Raúl Degrossi
Intentar una lectura de los resultados electorales del domingo 28 no es tarea fácil, cuando además resulta obvio que no hay justamente “una” lectura posible (como ésta que sigue) sino muchas, y cuando además involucra tanto desentrañar como se llega a esos resultados, como que se puede esperar que suceda a partir de ellos.
Lo primero que hay que decir (aunque pueda no ser lo primero que salta a la vista al analizar la elección) es que la derrota sufrida por el kirchnerismo (mas rotunda por su extensión geográfica que por las cifras en sí, con el hecho trascendente de la elección en la provincia de Buenos Aires), expuso en toda su claridad los límites y las falencias de su construcción política; tanto por la metodología con que edificó esa construcción todos estos años, como por los reales y concretos apoyos de que dispuso para afrontar el desafío, que incluso pudieron no ser todos aquellos con los que en teoría contaba.
No me parece que a esta altura tenga mucho sentido detenerse a pensar si Kirchner pudo intentar construir una estructura política de apoyo de otro modo (salvo como ejercicio de autocrítica para plantearse medios alternativos a futuro), o si hizo lo que pudo con los elementos que tenía a la mano. En mi caso particular, creo que hubo un poco de cada cosa.
Lo cierto es que si bien los epitafios en política no pocas veces suelen ser provisorios, las elecciones del domingo marcan el final del kirchnerismo tal como lo conocimos: una tendencia política de centroizquierda con capacidad de liderazgo político hacia el interior del peronismo, en sintonía (durante un cierto tiempo) con el humor social dominante y en condiciones de liderar sectores políticos y de opinión con el mismo componente ideológico que no se sienten representados ni contenidos en las estructuras del PJ; todo eso simultáneamente y produciendo la resultante de fuerzas que le permitió marcar la agenda política argentina desde el 2003.
Habrá que decir que el desmontaje de toda esa construcción fue resultado de errores propios (algunos graves) de conducción política y de transformaciones rotundas del modo de pensar, sentir y actuar de muchos sectores sociales, de los cuales el kirchnerismo (y esto también es un error importante en política) tampoco tomó debida cuenta.
Y no se trata de adscribir al simplismo de “escuchar a la gente” y en el camino dejar de lado las convicciones o el relato ideológico en el que se asienta la práctica política; sino simplemente de reconocer adecuadamente el terreno en el que se pisa para ajustar los medios en busca de los que sean mejores para conseguir los fines en el momento, adecuar las formas para garantizar el fondo de las políticas y no dilapidar torpemente, por cuestiones adjetivas, capital político construido a partir de concreciones sustantivas.
Se ha dicho hasta el cansancio que los Kirchner comunican muy mal lo que hacen desde el gobierno y es probable que así sea; lo que parece claro es que tampoco puertas adentro tomaron cabal conciencia que, aun emprendiendo reformas que muchos no dudaron en tildar de tibias e insuficientes, estaban generándose enemigos importantes sin gestar paralelamente una estructura política consistente de apoyo para enfrentarlos (esto fue particularmente visible en el conflicto agropecuario).
Surgido de la hecatombe institucional del 2001 y como una hechura de Duhalde para frenar a Menem, Néstor Kirchner fue abriéndose paso con determinación para construir su propio poder; pero el kirchnerismo nunca dejó de ser percibido como una anomalía por el sistema político tradicional, anomalía a la que habría que poner fin en cuanto la coyuntura diese la oportunidad de hacerlo, como se está viendo con crudeza por estos días.
No casualmente una de sus más enconadas adversarias fue Elisa Carrió, cuyo giro ideológico y de práctica política en los años kirchneristas permite percibir que, en rigor, nunca fue una expresión de recambio de la dirigencia golpeada por la crisis del 2001, sino más bien un subproducto final de su descomposición; como si la representatividad política opositora (encarnada en su figura) hubiese sido asumida por los sectores caceroleros del “que se vayan todos”, cuya gestualidad era visible bajo el ropaje del lenguaje mesiánico al que es tan afecta.
Resueltas por el kirchnerismo las reformas institucionales que podían satisfacer aspiraciones republicanas (como la depuración de la Corte menemista), en la medida en que fue perfilando un rumbo económico y social distinto al asumido como “normal” (lo que le valió los primeros cuestionamientos a su racionalidad política), las piezas del rompecabezas se fueron acomodando en un sentido transversal a los partidos, pero con el gobierno de Kirchner como divisoria de aguas del panorama político nacional.
Son de entonces los fallidos intentos kirchneristas de ampliación de su base de sustentación por afuera del peronismo, con acento en lo ideológico primero (la transversalidad) y en las estructuras concretas de poder después (la Concertación Plural), en aras de fortalecer la gobernabilidad.
Por otra parte viene bien reiterar aquí algo escrito antes de las elecciones: “Tras una tácita conformidad inicial con la recomposición de la autoridad del Estado, imprescindible para encarar el reordenamiento de la economía desmadrada (en especial en sus efectos medibles para ellos como el “corralito”), el proceso de intensa repolitización de la sociedad abierto por Kirchner a partir del 2003 activó en las clases medias mecanismos de defensa implantados en el subconsciente por su formación cultural.
Esos mecanismos no expresan ya el miedo a pauperizarse (posibilidad por otra parte improbable en un ciclo de crecimiento económico sostenido), sino el recelo contra el ascenso de los sectores populares hasta niveles de vida y consumo que, suponen desde ese imaginario, les están vedados; y lo interesante del caso es que ese límite cultural impuesto a la movilidad social es coincidente con el límite de tolerancia de los bloques dominantes a las políticas de redistribución del ingreso, coincidencia que desde luego estos habrán de utilizar en su provecho, manipulación mediática mediante.”
Esto fue particularmente perceptible en la adhesión de vastos sectores de las clases medias urbanas (muchas ya alejadas de su adhesión inicial al kichnerismo, no pocos que votaron por Cristina) al reclamo de las patronales del campo contra la resolución 125.
El tono de la protesta cacerolera de esos agitados días tuvo un fuerte sesgo ideológico, donde si bien afloraron los tradicionales dardos lanzados por esos sectores medios contra los Kirchner desde el 2003 (y contra el peronismo desde 1945), también se manifestaba la preocupación por una radicalización del proceso de cambios, más allá incluso de las intenciones y posibilidades concretas del gobierno de Cristina.
Esa fue la oportunidad que vislumbró el entramado político del sistema tradicional (desde dentro y fuera del peronismo) para adherir sin fisuras al planteo corporativo de la Mesa de Enlace, buscando fuerza social para acometer contra la “excepcionalidad” kirchnerista, en pro del retorno a la “normalidad”.
Desde entonces el gobierno y sus sostenes fueron perdiendo paulatinamente la capacidad de imponer la agenda, y puestos a sostener sus logros (muchos innegables desde una perspectiva objetiva), sus falencias comunicacionales y la endeblez de su estrategia política de acumulación de apoyos quedaron expuestas en toda su magnitud, lo que sumado a errores autoinflingidos (como la situación del Indec) fueron minando su fortaleza.
Con el resultado electoral puesto, y a partir de él, cabe conjeturar sobre el futuro inmediato no ya del kirchnerismo o del gobierno de Cristina, sino del país en su conjunto y aquí aparece una primera conclusión paradójica sobre la que habrá que volver: hoy parece más claro el panorama político de cara a las presidenciales del 2011, que el futuro inmediato de la gestión iniciada en diciembre del 2007.
La renuncia de Kirchner a la presidencia del PJ (cargo en el que nunca pareció sentirse realmente cómodo), amén de un reconocimiento al nuevo realineamiento de las fuerzas partidarias, expresa la intención de salir momentáneamente de la línea de fuego para reflexionar cual será en lo inmediato la estrategia más conveniente a seguir.
Como una muestra de que a las opciones concretas políticas que se adoptan hay que verlas con la óptica del proceso histórico, hay que recordar que la criticada “pejotización” del kirchnerismo, al par que la búsqueda de apoyo en las estructuras reales y consistentes que estaban más a la mano (luego de los intentos fallidos que ya se han descripto por ampliar sus bases de sustentación), se basó en el argumento de no regalar la estructura partidaria como aparato político con fuerte carga simbólica a adversarios enconados.
Las reacciones post electorales de estos, desde Barrionuevo a Reutemann pasando por Puerta y otros personajes célebres, parecen darle la razón a la decisión adoptada entonces, al menos en este punto, por Néstor Kirchner. Cabría imaginarse que desenlace hubiese tenido el conflicto del campo si, ante la derrota parlamentaria del gobierno, el aparato del PJ hubiese estado entonces en manos de los rivales más enconados de Kirchner.
Con toda seguridad, el gobierno no hubiera podido recuperar la iniciativa política en lo inmediato y concretar algunas realizaciones trascendentes como la estatización de Aerolíneas, la sanción del régimen de movilidad jubilatoria o la liquidación del sistema de las AFJP.
Las opciones políticas que se le presentan a Kirchner en lo inmediato, parecieran ser, por un lado, decidirse a liderar un espacio de centroizquierda por fuera del peronismo (aunque en ella confluyan dirigentes y fuerzas de ese origen), o una corriente interna del PJ con esa orientación, desde la cual tratar de influir en las políticas y planteos partidarios y (esto es más dudoso) en la selección de la candidatura presidencial del 2011.
Pero esas opciones (que vuelven a plantearle a Kirchner la disyuntiva inicial de su gobierno) no pueden ser evaluadas en un contexto puramente teórico o de afinidades personales, pues al ser el soporte político del gobierno de Cristina, tiene responsabilidades institucionales que son ajenas para los demás, y el camino que en definitivas adopte marcará los apoyos reales de ese gobierno, y estos definirán a su vez su rumbo; todo eso sin considerar lo que en uno y otro campo del espectro (progresismo de centroizquierda no peronista, y peronismo en sí) haya de encontrarse a la hora de tender puentes.
Sin negar las divergencias ideológicas entre ambos ámbitos (que resultan obvias en muchos casos), la divisoria de aguas pasa más por la actitud diferente que asumen frente a la cuestión del poder, a lo que hay que sumar que el compromiso institucional del PJ no es solo con el gobierno de Cristina (y habrá que ver en que medida lo mantienen sus diversas fracciones) , sino con las gobernaciones e intendencias que administra a lo largo y ancho del país; algo con lo que el progresismo de centroizquierda no PJ no tiene que lidiar, salvo honrosísimas excepciones que no hacen más que confirmar la regla.
Según sean los apoyos que los Kirchner encuentren para llevar adelante el tramo de gobierno que le resta a Cristina, éste puede darse una estrategia puramente defensiva tendiente a evitar la continuidad de la fuga de poder político y mantener bajo control las principales variables macroeconómicas, o (lo que hoy parece menos probable) decidir quemar las naves y avanzar con algunas de las reformas pendientes, profundizando el sentido del proceso iniciado en el 2003.
Y ante estas disyuntivas, es imperativo analizar someramente los panoramas del peronismo en su conjunto (con todo lo complejo de tal análisis), y del progresismo no PJ.
En el primer caso, hay un núcleo duro de menemismo residual que hoy parece sacar a relucir sus blasones de combatientes de primera hora contra Kirchner, en busca de autoridad para liderar la reestructuración del PJ. Este sector es a su vez el de vínculos más fluidos con la nueva derecha que representan Macri y De Narváez (Solá es un caso aparte donde el deseo de protagonismo personal agota el análisis), por lo que su intento de controlar al peronismo es obviamente para hacerlo confluir en esa dirección de cara al 2011.
Dentro de los sectores con responsabilidades institucionales, los gobernadores, los intendentes del Conurbano y la CGT tienen a su vez realidades diferentes; pues mientras los primeros deben conjugar eventuales aspiraciones personales (como Das Neves o Gioja) con la búsqueda de apoyos que las hagan viables, el sindicalismo liderado por Moyano se encuentra frente a la disyuntiva de evitar por todos los medios a su alcance que un cambio brusco en la orientación de la política económica le haga perder el terreno ganado desde el 2003.
En el caso de los gobernadores (una de las constantes del poder peronista) parece cobrar cuerpo la idea de una vuelta de tuerca “dialoguista” sobre el kirchnerismo, accediendo a algunas de las demandas de los sectores dominantes (habrá que ver cuales y en que medida) en aras a una mayor gobernabilidad, desalentando toda “fuga hacia delante” para no reeditar el escenario del conflicto agropecuario.
En esa perspectiva el componente ideológico entra en un segundo plano, supeditado a un cálculo de conveniencia o supervivencia política tratando de mantener al conjunto del peronismo contenido en el PJ como una alternativa electoral con chances reales de victoria en el 2011, mientras se acuerdan las reglas de juego para dirimir las candidaturas de entonces.
La situación en el progresismo de centroizquierda no PJ afín al kirchnerismo es más compleja, porque existen sectores que adhirieron al proceso abierto en el 2003 por sus nítidas diferencias con otras experiencias anteriores como el Frepaso (caso típico D’elía o algunos sectores de la CTA como Depetris) y con una real vocación de poder, pero que no han logrado desarrollar estructuras consistentes, que puedan contrapesar a las ya establecidas en el peronismo; en las cuales nunca se sintieron contenidos y menos luego del giro que allí pueden tomar los acontecimientos a partir de la renuncia de Kirchner a presidir el PJ.
Otros sectores se han desgajado del Frepaso, del Frente Grande e incluso han sido parte del gobierno de la Alianza o del mismo ARI (Garré, Ocaña, Conti, por poner nombres), y si las cosas en el seno del peronismo siguen como parecen evolucionar por estos días, bien pueden sentirse tentados de volver a las fuentes buscando alguna forma de testimonialidad política lejana a la lucha concreta por el poder.
El dilema de Kirchner es de hierro, porque aquéllos con los cuales pareciera tener mayor afinidad ideológica (y que por eso apoyarían una dirección hacia la profundización del modelo), carecen de estructuras consistentes para convertirse en un apoyo contundente al gobierno de Cristina; aspectos con los que sí cuentan los que (como los gobernadores) aconsejan poner el freno al proceso, y archivar el relato ideológico en espera de mejores tiempos.
Lo que estos últimos no parecen advertir cabalmente (al igual que otras expresiones del progresismo como Pino Solanas) es que la elección del 28 tuvo ganadores que no son precisamente los que se sentarán en las bancas del Congreso a partir de diciembre.
El gobierno de Cristina se verá crecientemente presionado por el bloque de poder económico (G-7, Asociación Empresaria Argentina) para ejecutar el trabajo sucio del ajuste (devaluación, suspensión de paritarias, eliminación de retenciones, liberación de las exportaciones, apertura de negociaciones con los hola outs y el Club de París, disminución del gasto público), para que quede claramente expuesta la racionalidad con que interpretan el resultado electoral, poniendo en acto y en público aquello que los vencedores del comicio admitieron a regañadientes durante la campaña, que harían en el caso de llegar al gobierno.
La impunidad discursiva de la que se le ha permitido gozar a las diferentes fracciones de la derecha política argentina (a partir de su incestuosa relación con el complejo mediático) es tal que, llegado el caso, si el gobierno de Cristina cediera en toda la línea a las presiones y adoptar el programa de sus adversarios, no sería de extrañar que éstos, ante las consecuencias económicas y sociales concretas de ese giro, en lugar de reconocerle su apertura al “diálogo” o al “consenso” (las dos palabrejas de moda), recrudecieran sus ataques diciendo que la situación ha escapado al control del gobierno, o que el programa es correcto pero fracasa por falta de confianza política.
El sistema político tradicional y el stablishment y sus instituciones más representativas desean evitar la reiteración en el futuro de otra excepcionalidad como el kirchnerismo, es decir un emergente político que escape de su control, y demuestre que está en condiciones razonables de acceder al gobierno y ejercer el poder manteniendo el control de la agenda por un buen tiempo; lo que hace que, habiéndolo vencido en las urnas, procuren propinarle una derrota simbólica tanto o más contundente que la electoral.
Por eso los sectores de la derecha peronista sueñan con un control total del PJ que les permita lanzar sobre el kirchnerismo otro anatema como el del 1º de mayo del 74’, y las diferentes vertientes del panradicalismo (reparar sobre todo en los outsiders como Cobos y Carrió y sus actitudes), buscan un nuevo vuelo en helicóptero (esta vez con pasajera k) que los redima ante la historia de sus fracasos y defecciones.
Los medios y todos los antes nombrados quizás sueñen con un “mani puliti” argentino, que obligue al kirchnerismo a pasar la mayor parte de su tiempo en los juzgados, dejando a cada paso jirones del predicamento político acumulado en sus años en el poder, repitiendo así el final de Menem.
Otros emergentes electorales con aspiraciones presidenciales que piensan en pescar a río revuelto (como Reutemann o Das Neves) deberán entender que, tanto más decidan desligar su suerte de la del gobierno de Cristina, más estarán obligados a construir una herramienta política en paralelo desde la que sustentar sus ambiciones (empresa en la cual es crucial el destino de la interna peronista), y tendrán que tener también en cuenta que el tiempo y la forma en que se cierre el mandato constitucional que vence en diciembre del 2011, estará configurando el destino político del próximo presidente.
Por eso no pocos dirigentes peronistas no kirchneristas (más de los dispuestos a admitirlo en público por estos días) han comenzado a pensar si el encumbramiento de Cobos no es un arma de doble filo para sus perspectivas a futuro; en tanto un final abrupto del gobierno de Cristina (aun con el barniz institucional de su sucesión por el vice) podría entregarle a las diferentes vertientes del radicalismo el control del proceso de transición.
Los resultados electorales arrojan como consecuencia inmediata la configuración de un mapa político totalmente corrido del centro a la derecha en todas sus variantes, desde el macrismo hasta el republicanismo pan-radical (de matiz preponderantemente balbinista si se permite la expresión), e incluso hacia el interior del peronismo hay lugar hasta para la resurrección de los despojos del menemismo.
Esto es en parte (y solo en parte) consecuencia del cambio que experimenta la sociedad en sus expectativas (el componente de ideologización explícita del voto anti K está presente pero no lo explica todo), y fundamentalmente de la actitud de la dirigencia tradicional que, aleccionada por las experiencias del 89’ y del 2001, entiende que la única forma de evitar el fantasma del golpe de mercado es adoptar una actitud amigable y componedora con las fracciones concentradas del capital.
Estas a su vez, acrecentado su poderío por el mandarinato mediático que ejercen sin complejos (lo que les permite influir sobre la carga simbólica de la sociedad, o en todo caso validarla), se sienten en condiciones de reconfigurar un sistema político a su gusto y paladar, donde existan incluso matices que le den un tinte de pluralismo que contribuya a disminuir las tensiones.
Si se repasan las opciones de hoy que se presentan como “ganadoras” o con chances de cara al 2011 (Cobos, Macri, Reutemann) se verá que hay derecha para todos los gustos, pero triunfará aquella que logre captar parte del electorado peronista, para lo que se requiere poner el pie en el aparato territorial del PJ, y decidir que hacer con la CGT moyanista (controlarla o ponerla definitivamente en la vereda de enfrente).
Esos probables ganadores del 2011, fueren quienes fueren, parecen hoy por hoy tener en claro que hay un solo programa que aplicar (paradójica vuelta al “pensamiento único” cuando las estructuras nacidas de éste crujen en todo el mundo), que no es otro que la hoja de ruta del poder real en la Argentina.
Para mayor equilibrio del sistema, las contradicciones internas al mismo se darían en temas que el propio poder real (en la intimidad obviamente) reconoce como secundarios y en algunos casos intrascendentes, como los controles republicanos, la manipulación de las estadísticas oficiales o la ética de los funcionarios (en ocuparse de esos temas el múltiple radicalismo puede prestar grandes servicios), sobre todo de los que pasaron por los gobiernos kirchneristas.
El poder verdadero no determina el voto de la ciudadanía como un designio fatalista, pero sí hace cuanto tiene a su alcance para influirlo, y siempre hará lo que crea oportuno para aprovecharlo; y esto quedó nítido en la estrella ascendente de Pino Solanas, que tuvo acogida amplísima en los medios masivos durante su campaña, en tanto y en cuanto le dio un matiz fuertemente opositor al gobierno nacional.
Esta verificación lleva a indagar sobre las posibilidades reales de crecimiento de la centroizquierda no kirchnerista hoy liderada (electoralmente al menos) por Solanas, crecimiento que parece más cerca de su techo que de su piso, si se computan dos factores: el sentir político real de vasta franjas de la ciudadanía (aspecto que deliberadamente se dejará para el final en el análisis) y las prácticas políticas de ese sector, donde el vedetismo personal, la mediatización de la política y la nula capacidad de autocrítica replican los modos de la peor derecha, al otro lado del arco político.
Esos vicios de origen que le impidieron al llamado progresismo argentino, en veinte años transcurridos desde el inicio del menemismo, construir una fuerza sólida en condiciones de disputar realmente el poder y construir agenda política desde él (por eso el kirchnerismo sedujo a buena parte de su electorado tradicional), parecen aflorar hoy en toda su magnitud a poco que, por ejemplo, se analicen las declaraciones y posturas del propio Pino Solanas inmediatamente después de las elecciones.
Ese discurso eufórico parece no registrar el verdadero humor social circundante (incluso el de parte de sus propios votantes), ni mucho menos la ofensiva reivindicatoria de sus intereses que, desde mucho antes de las elecciones, viene llevando adelante el núcleo duro del verdadero poder en la Argentina.
O en todo caso sí lo registra y elige no dar cuenta público de su hallazgo, para ubicarse cómodamente en el lugar del nuevo mapa político que se configura hacia el futuro, sin deseos (ni chances) reales de disputar el poder, y acotando su agenda a un puñado de temas simpáticos a ciertas capas del electorado o que garantizan presencia mediática (según el foco desde el que se aborden, claro), al estilo de los partidos “verdes” europeos.
Dentro de este oscuro panorama, bien harían esos sectores progresistas en entender que, si son verdaderamente tales y los anima algo más que la pura especulación electoral, deberán darse, más temprano que tarde, una necesaria estrategia de convergencia con el gobierno y con otros sectores del peronismo; si no en una agenda propositiva más ambiciosa, al menos en la defensa del núcleo duro de logros del kirchnerismo (jubilaciones públicas, movilidad de sueldos y haberes, negociación colectiva, actitud ante la protesta social, derechos humanos, política internacional); porque la realidad concreta marca (para el que la quiera ver) que muy probablemente haya que aglutinarse en defensa de lo logrado, más que construir en lo inmediato para profundizar los cambios.
Y esta constatación está ligada a otra, que es la del pensamiento real de muchos sectores de la sociedad como resultado de un largo proceso que arranca en la dictadura, se prolonga en el menemismo y llega hasta nuestros tiempos, que más que unas determinadas coordenadas ideológicas, tiene que ver con la actitud del común de la gente frente a la política.
No se trata del tópico simplista de decir que la sociedad se derechizó, sino tomar en cuenta que muchos argentinos se sienten “apolíticos” o “no políticos”, y le niegan a la política la capacidad de modificar la realidad o incidir en sus vidas cotidianas, sin percibir que esa es una forma brutal de politización, promovida por los intereses a los que les resulta funcional.
Que la Argentina sigue siendo un país injusto, con intolerables niveles de exclusión, pobreza y desigualdad es una aseveración que pocos se atreverían a discutir, al menos en público; pero si se pretende compulsar la opinión social sobre las causas de esos fenómenos, la unanimidad de opiniones comienza a ceder terreno, ni que decir si se interroga sobre los responsables de esos males y las formas de remediarlos.
Mas aun, siendo justos, cabría que nos preguntáramos para cuantos argentinos que no padecen esa exclusión, pobreza o desigualdad, el hecho de que haya compatriotas suyos que sí las sufran, resulta verdaderamente inaceptable; o cuantos hay que se sienten inclinados a hacer algo para revertir la situación, y no me refiero a la limosna o el asistencialismo.
Si se encara una tarea de repolitización de la sociedad en el sentido de plantear en la agenda pública estas cuestiones (algo que intentó el kirchenrismo en clara inferioridad de condiciones por sus propias torpezas comunicacionales y por la real situación de los medios en la Argentina), si se señalan causas y responsables, si se delinean probables mecanismos de solución al problema, a poco que los destinatarios del mensaje adviertan que esas salidas entrañan conflictos, los apoyos y en consecuencia la posibilidad de acumulación política irán disminuyendo con seguridad.
Para que la sociedad argentina sea más justa, para darles algo a los que nada o poco tienen hay que sacárselos a los que tienen mucho o todo, porque no están para nada dispuestos a entregarlo voluntariamente.
Recordar si no la postura de las patronales agrarias durante el conflicto del año pasado cuando (al igual que hoy) postulaban la eliminación de las retenciones diciendo “bueno, nosotros en el 2002 las aceptamos ante una situación excepcional porque no había otro remedio para salir de la crisis, pero ahora la cosa es distinta…”; o peor aun los planteos de dirigentes que se dicen progresistas (como Binner) en cuanto a que son una herramienta excepcional y que hay que ir dejándolas de lado paulatinamente.
Es decir que está clarísimo que para avanzar en un proceso de cambios más profundos que los que el kirchnerismo pudo lograr habría que afrontar seguramente conflictos, habría menos espacios para el “diálogo” y los “consensos”, y allí las mejores intenciones (aun de los más puros e incontaminados progresistas) chocarían de frente contra el denso muro representado por un sentido común social construído durante más de tres décadas.
Ese mismo muro impide ver en toda su magnitud la ofensiva desplegada por el neoliberalismo por la defensa de sus posiciones y la reconquista de las que debió ceder, desde antes de las elecciones y con más vigor seguramente después del resultado que arrojaron.
Y allí paradójicamente la capacidad del kirchnerismo para mantener bajo control las principales variables macroeconómicas en el medio del vendaval de la crisis internacional (a diferencia nítida de otros procesos de nuestra historia reciente), sumada a esa generalizada percepción social sobre la inocuidad de la política antes analizada, le jugaron en contra para lograr que hiciera mella en el electorado su prédica planteando la disyuntiva electoral en torno de “nosotros o el caos”.
En cambio esa misma derecha fue al encuentro de ese imaginario social con un discurso del “no discurso”, una compilación de obviedades tranquilizadoras más propias de un libro de autoayuda a lo Ari Paluch, que de un programa electoral legible en clave política.
Aunque el gobierno hubiese registrado debidamente que la sociedad ya no se sentía en deuda con los Kirchner por sus logros, y planteara metas a futuro más ambiciosas, tengo para mí que no hubiese encontrado (en vastas capas del electorado) un electorado dispuesto a escuchar el mensaje, a poco que advirtiese en el horizonte que esas metas entrañaban, necesariamente, nuevos conflictos.
Por eso a futuro (y en lo inmediato cuando menos para cerrar filas en la defensa de los avances logrados estos años) la tarea de todo dirigente que se asuma en serio como progresista, sea o no kirchenrista y cualquiera sea la actitud que haya tomado en relación al proceso iniciado en el 2003, es la reconquista del sentido común social para poder encarnar en la misma un discurso y una práctica diferenciadoras de las que vemos consolidarse a diario frente a nuestras narices.
12 comentarios:
Cambiale indígenas por pobres del Conurbano y empleados públicos y el discurso berreta es el mismo.
La única diferencia que se me ocurre es que los secesionistas bolivianos han llegado a acumular lo suficiente como para reclamar la autonomía. Los sojeros todavía necesitan de las rutas del Estado, los puertos, los fletes y los subsidios al gasoil. Cuando la acumulación llegue a determinado punto, quizás, y puedan ser autárquicos, ahí veremos el mismo tipo de reclamo.
Saludos Gerardo!
Al fin alguién ve este paralelo. Ya me estaba pareciendo que yo estaba delirando.
No obstante, debo remarcar en donde veo ese paralelismo, y donde está el color local de cada moviminento.
Ambos se montan sobre un conflicto legítimo (centro-periferia) como excusa para reclutar giles para su cruzada reaccionaria.
En cambio, casi se podría decir que el conflicto étnico es en principio inverso, en el sentido de que aquí los blancos están en el centro, allá en el interior. Esto es sólo cierto a primera vista. En realidad acá los mestizos (no podemos hablar mucho de indígenas) no están en el poder aunque es verdad que el gorilismo los ve venir con miedo. Tampoco hay que olvidarse que gran parte del apoyo que tuvo el movimiento campero vino de las señoras blanquísimas de recoleta.
Por eso me parece más bien que el racismo a la boliviana es más bien un picante adicional, que, por suerte, a los argentos nos patea un poco el hígado.
Saludos. Norberto
Mucho me temo que se trata de un fenómeno gemelo. Los grupos rentistas (allá petróleo, aquí soja) son capaces de llegar a la guerra civil con tal de que no se les toquen sus ganacias extraordinarias. Como muy bien apuntás, la ideología y los métodos son los mismos. Incluso el componente racista está presente en el caso argentino. En definitiva, es la misma tendencia restauradora de los disvalores neoliberales que hicieron pelota el continente que quiere volver de la mano del alza de los precios de los commodities. Como siempre, guardandose las ganacias y socializando las pérdidas.
Un saludo.
Muy buen post.
MP
Otra diferencia que se desprende del texto de Gerardo es que mientras en Bolivia (y Chile también, se me ocurre) el discurso de la derecha fascista es "a boca de jarro", mientras que acá es más larvado, más "puertas adentro", más de comentarios por lo bajo... mas "careta" digamos... y, sinceramente, no sé qué es peor... no sé si no es un escenario más peligroso el de una mayoría fascista silenciosa...
Por ejemplo, pensemos en la opinión del argentino medio sobre Hebe de Bonafini (para poner un ejemplo de máxima)... en los comentarios que hacen los lectores de Críticable cada vez que publican algo sobre Hebe, se pueden leer cosas como:
-"¡¡¡Si así es la madre... como habrá sido el hijo de buena persona!!! Aqui esta la muestra de los ideales que defendian los pobrecitos terroristas... "
-"Que tal si se la investiga a la sra Bonafini? El hijo está desaparecido"
-"La Bonafini es la que más se benefició con la muerte de su hijo, ya que ha recibido beneficios y subsidios de este gobierno"
-"Lo que buscas es agrandar la agrupacion, ya que varias de tus asociadas van falleciendo, y a vos no te queda mucho. pa que mierda haces puterios ahora si ni siquiera le diste una buena educacion a tus hijos."
Podría seguir todo el día copiando y pegando... pero mi reflexión es la siguiente: ¿se animan todos estos comentaristas a decir lo mismo en forma pública? No creo... se aprovechan del anonimato para sacar a relucir lo más asqueroso y repugnante de su sentido común fascistoide "silencioso".
Saludos.
CT.
En realidad es similar, lo que cambia es que en Argentina hay clase media y en Bolivia no. La clase media nacional se mueve camaleónicamente de acuerdo a su bolsillo. Si va bien, me puedo comprar el auto, el i-phone, vacaciones, etc.. está todo bien: les encantan los derechos humanos, los pueblos aborígenes, etc y de pronto queremos sumarlos al sistema y unir la tierra. Ahora cuando hay un pequeño freno de la euforia consumista nos sale el enano facho, la xenofobia y apoyamos a los Miguens, Llambías y demás lacra. Somo una sociedad rara, lástima que algunos no pueden elegir.
Saludos
PD:Muy buenos los audios del programa
Estuve en Bolivia para el referéndum y mi conclusión es que la oposición a Evo tiene características análogas a los sectores antipopulares de Argentina: los medios tergiversan la información escandalosamente y operan políticamente todo el tiempo, la clase media (poca, pero algo hay) acusa a Evo de "dividir al país" y de darle beneficios a "gente que no trabaja", y la oligarquía es racista y no acepta los resultados de las elecciones cuando no son favorecidos. Para más detalles pueden leer lo que estuve posteando al respecto este mes en mi blog. Saludos.
Estuve en Bolivia para el referéndum y mi conclusión es que la oposición a Evo tiene características análogas a los sectores antipopulares de Argentina: los medios tergiversan la información escandalosamente y operan políticamente todo el tiempo, la clase media (poca, pero algo hay) acusa a Evo de "dividir al país" y de darle beneficios a "gente que no trabaja", y la oligarquía es racista y no acepta los resultados de las elecciones cuando no son favorecidos. Para más detalles pueden leer lo que estuve posteando al respecto este mes en mi blog. Saludos.
O sea que porque un tipo en Bolivia es manifiestamente racista eso se debe asociar con los agricultores argentinos, automáticamente. ¿Y lo de Osetia del Sur? ¿no serán culpables también ellos? No se quede corto, Gerardo. Usted, que siempre la piensa dos veces antes de decir una boludez. José
No està mal poder encontrar procesos parecidos en Latinoamerica, con los condimentos locales que los diferencian, pero que con un trazo "grueso" permiten darnos cuenta de una polìtica sistemàtica de los poderosos. Asì fue con los movimientos populares en la mitad del siglo XX y con los movimientos revolucionarios en los 70 y tambièn con las dictaduras posteriores. No hace falta Osetia del Sur. Y tampoco se trata de buscar "culpables". Creo que la tarea es mas vale de comprensiòn de estos procesos, de las responsabilidades colectivas, de la batalla "simbòlica" si se quiere para darle un sentido a lo que nos pasò y tambièn a lo que nos pasa hoy. Por eso yo tambièn encuentro semejanzas entre Bolivia y Argentina en lo que se refiere a la lucha por el reparto de la renta. Tambien en Venezuela por supuesto. Un elemento que debiera diferenciarnos es la presencia en Argentina de una clase media històricamente poderosa, que aparece-dirìa Jauretche-como un "algodòn entre dos cristales". Pese al achicamiento de esta clase media, donde una porciòn de ella integra ahora la categorìa de "nuevos pobres", igualmente sigue siendo la mas destacada de A. Latina. Mi unica duda es si esto nos hace mas fuertes o mas dèbiles como sociedad para enfrentar procesos de cambio. ¿Otra vez la clase media no?
Buenas Gerardo,
Coincido con la mayoría de los participantes: Hay un paralelismo claro entre sojeros y medialunos.
Hay ciertos matices también:
1) El autonomismo es un reclamo historico en Bolivia, o sea que en parte es "auténtico" y en parte se usa como excusa para llevar adelante políticas antipopulares. Algo similar al cuestionamiento de poner a todos los gatos en la misma bolsa con la 125.
2) Los ataques a cuarteles policiales y a sus agentes están ganándose la inquina de los policías contra los grupos parapoliciales autonomistas. A eso se le suma un ejército con concepto de unidad nacional y recelo contra el autonomismo. Eso los medialunos lo saben y no creo que les guste mucho porque, a la hora de los bifes, les va a jugar en contra.
3) El racismo suele ser proporcional al miedo. Creo que los medialunos se ven venir que por la vía democrática no podrán imponer sus programas, y que en sus propios departamentos tienen una minoría importante (40-45%) de oposición a sus políticas y de apoyo a Evo. No es Osetia o Kosovo, con una abrumadora mayoría racialmente diferente al resto del país.
Su violencia es mucho mayor que la de los sojeros en parte porque perciben que su poder de veto es cada vez menor (las huelgas de hambre y los cortes de ruta no parecen funcionar muy bien). Es sólo cuestión de tiempo para que los sectores que apoyan al gobierno se consoliden irreversiblemente y planteen, por ejemplo, controles a los medios.
Creo que Sudamérica está muy atenta a lo que pasa en Bolivia porque marcará pautas de cómo se resolverán conflictos similares en otros países.
Creo que a los medialunos no les da el cuero para patear el tablero, y menos si Brasil y Argentina niegan apoyo.
Saludos,
Andrés
La semana pasada tuve en mi trabajo la visita de un importante empresario boliviano de Santa Cruz. Sinceramente, bajo la influencia que nos imponen los medios, esperé que fuese un acérrimo antievo debido a su procedencia y su nivel económico. Para mi sorpresa estaba totalmente del lado de Evo e indignado por el papel de los medios bolivianos y del exterior, tanto que según sus palabras no compra más diarios ni escucha programas periodísticos.
loco, los de la mafia colombia tiene dos ojos y nariz, igual que nuestros sojeros. Es evidente que tienen todo que ver: el agro argentino es cómplice del narcotráfico ! José
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