sábado, 4 de junio de 2016

Un referente




El primer combate de box que vi en mi vida fue Ali – Frazier en 1971, junto a mi tío Ademar, que hacía poco se había comprado el televisor. Tenía 10 años y eso me marcó para toda la vida. Mi amor por el Box se lo debo a este boxeador fabuloso que acaba de fallecer, de la misma manera que la pasión por el ajedrez a Bobby Fischer cuando vino a Buenos Aires a pintarle la cara al gran Tigran Petrosian en su ascenso a la corona que luego le arrebataría a Boris Spassky.
Ali era pintón, agrandado, jetón y, por sobre todo, un tipo que manejaba como pocos todos los secretos de boxeo, incluida una condición no siempre remarcada y que es central para hacer diferencia: la capacidad de absorción del castigo. Hablo de golpes lanzados por bestias de más de 100 kilos, a ver si nos entendemos. Las manos que Alí soportaba de fajadores como Foreman y Frazier y ,pese a todo seguía en pie, nos hablan de un superdotado para soportar un castigo de esa dureza. Pero de nada le hubiera servido esa condición si al toque, el genio no arrancaba con una combinación espeluznante y literalmente le llenaba la cara de dedos al rival. Hay que ver varias veces la pelea con Foreman para ir notando cómo Ali va construyendo de a poco el nocaut del octavo round, la forma en que lo va contragolpeando y cómo, cada 15 golpes del rival -la mayoría en los brazos- sacaba combinaciones certeras que lo hacían saludar como los candidatos a intendente en los pueblos.
Como le pasa a muchos grandes en muchas artes y disciplinas, no supo resolver el retiro a tiempo y se bajó del ring tarde, recibiendo palizas gratis, como la que le propinó su ex sparring Larry Holmes. Es el mismo drama de la estrella de la canción que no entiende que ya no es tiempo de grabar esos discos lamentables. Sufrí esos combates, y todavía me duelen cada vez que los vuelvo a ver.
Y en la base de todo, el deportista de origen humilde que a su manera, de manera desprolija pero con vehemencia, le grita al poder su verdad, como Maradona y algunos otros (no tantos, tampoco)
10 años tenía aquella noche. La tía Mabel se fue dormir, también Graciela, y nos quedamos con el tío, sentados frente a esa típica mesa de formica los dos solitos, frente a la tele y al espectáculo de Muhammad Alí, que para nosotros todavía era Cassius Clay, y esa bestia temible llamada Joe Frazier
¿Harán el cuarto combate ahora? 

1 comentario:

Juan Guillermo Cocina dijo...

La capacidad de absorción de golpes la tuvo que desarrollar en su etapa de declive, como una necesidad. De hecho, todos creían que Foreman lo iba a destrozar a Ali en esa pelea en Zaire. Incluso muchos temían que lo lastimara gravemente. Foreman estaba en su mejor momento, era una bestia temible que metía aún más miedo de lo que metería el propio Tyson, algunos años después. Por esta razón la pelea es tan recordada. Ali se las ingenió para ganar de la única manera en que podía hacerlo. Ya no era veloz, era más pesado que antes. El parate que había sufrido debido a su negativa a ir a Vietnam, que le valió la suspensión por algunos años, le había jugado muy en contra. Se dedicó a aguantar los golpes, cansando a Foreman, para luego encontrar el momento adecuado de meter la combinación. Nadie esperaba semejante resultado.

Pero en su mejor etapa, era una luz. Bailaba en el ring. Y sus golpes eran rayos. Impredecibles. En la segunda pelea con Sonny Liston, noqueó a su rival con un golpe que nadie pudo ver, dada la velocidad del mismo. Se especuló mucho tiempo con que Liston se había tirado al piso fingiendo el golpe. Sin embargo, las grabaciones no dejan lugar a dudas; el golpe existió.