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lunes, 26 de mayo de 2014

Miles Davis, negro y mal entretenido


Lo había sentido nombrar como una referencia insoslayable, hasta que esa soleada mañana del 28 de setiembre de 1991 mientras caminaba por la calle 8 de La Plata rumbo a la legislatura, Lalo anunció en Rock & Pop su muerte. Ahí empezó a morderme una culpa desenfrenada por no haberle dado bola antes. Empecé a buscar sus discos, a investigar, a volver loco a Guillermo Fuentes Rey -mi alfabetizador en Jazz- y, por supuesto, adquirí y devoré la autobiografía de Quincy Troupe. Si querés entender el jazz creo que ese libro basta y sobra para conocer los lineamientos centrales. Ahí es el propio Miles el que por ejemplo define la importancia histórica de Ellington, su desprecio por Chet Baker, su lucha horrenda contra la heroína y mucho, mucho más.
Miles, el adolescente que compartió pieza con Charlie Parker, que una vez le empeñó la trompeta para comprar merca; Miles, el que siendo jovencísimo se codeó además con Gillespie, Kenny Clarke, Monk y toda la crema del Mintons. Miles, el que junto a Gil Evans vino a enfriar el incendio del Be Bop con la Orquesta Capitol, aquella selección de genios como John Lewis o Gerry Mulligan, entre otros. Fue el nacimiento del Cool Jazz, un jazz en modo refinado, fresco, tranquilo y sutil que sería tan sólo la primera gran transformación de las cinco que encabezaría entre los cuarenta y los ochenta.
Me asumo medio conservador en lo musical, por así decirlo, y lo expreso porque ya el otro día hablando de Saluzzi dije que prefería al de acá antes que al internacional. Con Miles me pasa que lo que más me gusta de su obra es lo que hizo en los cincuentas y sesentas. Su fase eléctrica no me llama, es más, me animaría a decir que fue para atrás, que involucionó. Se me ocurre que hubo un momento en que eligió ser una estrella de rock & pop y ello significó por lo menos un freno en su creatividad, pero es mi gusto, ya sabe, no se lo tome muy en serio. Es que seguramente lo que late bajo estos enunciados es una contienda larvada con el rock que alguna vez sacaré a relucir con todas las letras. Digo, a modo de adelanto, que cierta caracterización muy sorda del rock como una música elevada ha llevado a grandes confusiones porque en rigor es todo lo contrario. El rock no eleva al folklore, al samba o al flamenco cuando se le pone al lado. Lo degrada, lo brutaliza, pero bueno, hay que tener algunas décadas de escuchar y escuchar para entenderlo. Y Miles, creo, harto de ser el genio y de mirarlos a todos a su espalda y a lo lejos un día se decidió a ser estrella y así fue que la muerte lo encontró admirando a Prince, que, bueno es aclararlo, sabe mucho más que la media de las estrellas de rock.


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