miércoles, 11 de enero de 2012

Mi viaje a Santa Fe


Estaba contento como hacía rato no lo estaba. Mis ganas de ir a Santa Fe y la actitud de mi familia que se dispuso a bancar un proyecto que en verdad era exclusivamente mío me  puso muy feliz. Había logrado romper la rutina de ir a la costa atlántica a cagarme de frío y aburrirme después del tercer día; había logrado convencer a los chicos que Santa Fe era un buen  programa y que pasaríamos 4 o 5 días maravillosos y ellos accedieron. Consulté con Raúl, que desde la ciudad de Santa Fe me tiró algunas líneas y me sumergí en el mundo de las cabañas hasta que alquilé una entre Sauce Viejo y Coronda. Aquél viaje de octubre a dar una charla junto a Lucas en la facultad de Sociales me había despertado un inmenso deseo de volver a ese entramado de Paraná y Santa Fe y ahora iba a darme el gusto de volver pero con Ceci y los chicos, completo, lleno, entero.

El viernes estuve ansioso, como un niño. A cada rato les hablaba de la felicidad que me embargaba. Es que tenía una alegría de esas que con los años cada vez cuesta más sentir. Qué se yo, es como que los años van limando la capacidad de disfrute, o al menos eso es lo que me pasa, por eso esa felicidad me vino como caída del cielo.

Ibamos a esta cabaña como para tener algún lugar donde afincar y si no nos gustaba, pues salíamos a buscar otra, pero había que ir con algo asegurado. El sábado desperté a las 5 y puse con un volumen como para que escucharan todos el CD de Rita Lee cantando temas de Los Beatles. Me encanta ese disquito sencillo, tranqui. Preparé el mate y desperté a Ceci, al rato estábamos en la ruta. Paramos en Ramallo y me clavé un especial de crudo y queso de puta madre, haciéndole pito catalán a la dieta (que por cierto languidece) luego entramos a Rosario y nos topamos con el Parque Independencia ¡qué belleza! Rodeamos la cancha Ñuls y retomamos por una avenida ancha que nos recordaba a Libertador. Los chicos decían “esto es Buenos Aires, loco” Y sí, se le parece en mucho, pero es más linda aún. Para colmo, la radio avisando que el tumor que le extrajeron a Cristina era benigno ¡Fiesta! Luego pasamos por el Monumento a la Bandera y mientras Cheo Feliciano soneaba desde el autoestéreo llegamos a la autopista que nos conduciría a Santa Fe. Había que bajar en el Km 110, Coronda y ahí pegarle unos 16 Km por Ruta 11 hasta Desvío Arijón, un paraje donde está la cabaña que alquilé. Llegamos, bajamos los bolsos y nos fuimos a almorzar a un restaurant  que está a unos 5 Km en Sauce Viejo. Todo pescado, en asado y en milangas, salvo Juan que con su rostro de angustia logró que le hicieran una de carne vacuna. Comimos en un ambiente de pueblo, Ceci sospecha que mucho pescador. Lindo, lindo… Luego helado, regreso, pileta y siesta. El calor, cosa seria de verdad y la cabaña confirmó nuestras sospechas en cuanto a su precariedad, pero bueno, de última la idea es tenerla para dormir ¿no? Si vas a estar cuatro días se supone que vas a caminar, a salir, no a quedarte acobachado.

A la tardecita arrancamos para el lado de Santo Tomé y nos metimos en el Río (el Coronda, que está muy bajo ¿El Coronda o el Salado?) luego nos mandamos a Santa Fe y dimos unas vueltas hasta que regresamos a sauce Viejo a cenar a una parrilla pegada a la ruta. Todo hermoso, todo armonía, todo un día de ensueño hasta que al rato, se nos dio por ir a ver un hotel y estacionamos en la banquina y al querer volver a la ruta, una moto sin luces que obviamente no pude ver por el espejo retrovisor nos chocó destrozando buena parte del lateral izquierdo del auto. El pibe se golpeó feo la cadera y a partir de ahí el sueño hecho trizas, la felicidad embestida de la peor manera, el minué con la policía, la espera en ese destacamento 13 donde ni siquiera tienen una fotocopiadora, y los chicos destrozados, y esa carita de Juan Manuel que aún me la debo para llorarla en algún momento cuando le dije a Ceci que se fueran a dormir porque hasta que vinieran a buscarme para llevarme a Santa Fe a tocar el pianito y todo eso pasarían como dos horas y ya eran las 2 de la mañana largas. La carita de Juanchito, esos ojitos como queriendo abrazarme, esa pera para abajo, y yo sacando fuerzas de donde no tenía nada para que mantuvieran la calma, y luego Ceci que tuvo que manejar con los tres hijos llorando, entre otras cosas porque lo que se había roto era “el viaje de papá”… Y yo queriendo abrazarlos y quedarme con ellos inmóvil para siempre, porque al fin y al cabo, todo lo hago para ellos y por ellos. La vida de los padres, en un punto es aprender a consensuar entre las alegrías propias y las de los hijos, es como que de manera imperceptible uno va de dejando de ser un tipo con sus cosas para estar pendiente de dónde está cada uno, cómo le va en sus cosas, sus noviazgos, etc. Y en noches como la del sábado, en un destacamento policial humilde, con una temperatura elevada y los ecos lejanos del Festival del Pescador –al que tenía ganas de ir- en esos momentos te puedo asegurar que lo único que querés es estar con tu esposa y tus hijos.

Y el domingo nos volvimos, con el auto en ese estado y el consenso general de retornar, no quedaba otra, y así lo hicimos. A la noche hice un pollito a la parrilla, comimos los cinco, apapachados y felices de estar nuevamente en casa. Al fin y al cabo volvimos a una casita hermosa, con una terraza que mis amigos pueden dar fe de su belleza, con la pelopincho que cada día garpa más, con la parrillita y la plaza enfrente con ese espectáculo de cada tardecita donde te quedás hipnotizado viendo las internas de las monteras, las cotorras y algún que otro halcón que viene a chorearles algo. Uno tiene la suerte de volver a una casa en la que le encanta vivir. Uno vuelve a un lugar que ama pensando que estos contratiempos a veces sirven para bajar un cambio y revalorizar ese puñado de pelusitas de las que hablaba El Sabalero que a la postre son las que le dan sentido a la vida. Uno vuelve también a su máquina y a debatir consigo mismo si esto debe ser contado o si debe quedar dentro de lo privado, hasta que a tres días del fin de semana ya no puedo contenerlo y te lo estoy contando porque sí, porque también al volver a casa vuelvo a vos, que entrás recurrentemente al blog a ver si de vez en cuando se nos aparece una idea interesante.

Está todo bien, el costo de la reparación del auto podemos afrontarlo y me quedó pendiente el asado con Raúl y el Payaso Barricada, así como la llamada a Lucas sorprendiéndolo en su Localía. Pero ya llegará la revancha: Santa Fe y todo su entorno logró, con todo lo que nos pasó, que ahora la quiera más que antes.
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6 comentarios:

La Corriente Kirchnerista de Santa Fe dijo...

Una lástima lo que les pasó Gerardo, pero por suerte no nos hizo fama de mufas, vénganse cuando junten ganas, cuando junten plata, cuando quieran, la buena gente, los amigos, son siempre bien recibidos.

Luciana Dalmagro dijo...

Lucas es el mufa!

Adal El Hippie Viejo dijo...

relato que emociona

un abrazo y buen año compañero

Adal

pato dijo...

abrazo gerardo!

Dr. Carlos A. Medina dijo...

Creo que todo tiene que ver con todo, no hay accidentes, no son casualidades, creo en la causalidad. Si no te hubieras quedado dando vueltas, buscando un lugar mejor, ese hotel que pararon para ver, seguramente todavía estabas en Santa Fe, de paseo. Cosa e´mandinga chamigo!

Udi dijo...

No desespere, maestro, ya sabe que cuando venga River al Gigante tiene una platea del lado del río, y unas bogas esperando en la parrilla del polígrafo del Barrio La República.
Eso sí, se vuelven para Bs As con 3 en la canasta...
Abrazo !