lunes, 26 de septiembre de 2011

El kirchnerismo es el hecho maldito del progresismo

Hay muchas definiciones interesantes en este reportaje publicado ayer en La Nación a Carlos Altamirano. Subrayo lo que me parece central´

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Entrevista con Carlos Altamirano

"El kirchnerismo es el hecho maldito del progresismo"

El autor de Bajo el signo de las masas parafrasea a John William Cooke para analizar el clima político actual, en el que reconoce la vieja disputa entre izquierda y peronismo, reactivada ahora por un debate caliente: qué es ser progresista hoy en la Argentina
Por Raquel San Martin  | LA NACION





Es el kirchnerismo una versión libre del peronismo, que usa sus banderas a conveniencia? ¿O una continuidad actualizada del movimiento político clave del siglo XX argentino? Como una figura de mil caras, el kirchnerismo convoca adhesiones por lo que tiene de peronista y, a la vez, por lo que no.
Para Carlos Altamirano, uno de los intelectuales más destacados del país en el campo de la historia de las ideas, el kirchnerismo rescata los ideales del peronismo originario pero se contenta con reformas y no aspira a la revolución, deja a Perón para la historia y rescata a los jóvenes como militantes auténticos, no coloca al "pueblo" en el centro de su épica sino a un dirigente que, según su relato, puso de pie a un país de entre los escombros de 2001.
Tiene sentido entonces releer Peronismo y cultura de izquierda , el libro de Altamirano publicado en 2001 que acaba de reeditar Siglo XXI, en el que, cuando el kirchnerismo ni siquiera se dibujaba en el horizonte político, el autor -profesor emérito de la Universidad Nacional de Quilmes, director durante 20 años de su Programa de Historia Intelectual, cofundador de la revista Punto de Vista- analizaba las reacciones que la izquierda, tanto radical como moderada, tuvo frente a la irrupción del "peronismo de Perón". Por eso, si la célebre frase de John William Cooke -"El peronismo es el hecho maldito del país burgués"- sintetizó la incomodidad del antiperonismo ante la irrupción del movimiento de masas fundado por Perón, Altamirano juega con las palabras-"El kirchnerismo es el hecho maldito del progresismo", dirá- para dar cuenta de la incomodidad que hoy genera "el modelo" entre las fuerzas de izquierda, a las que interpela con su discurso y con algunas de sus medidas más afines a la sensibilidad progresista.
-¿Por qué le parece que es oportuno retomar hoy la discusión entre peronismo e izquierda?
-El sentido de la oportunidad lo tuvo el editor. El libro estaba incorporado a la bibliografía sobre este tema. Volver a ponerlo en circulación era poner al alcance de generaciones nuevas este tema, aún abierto, que tiene muchas décadas, que es todo un filón del debate, de la investigación y de la reflexión. Obviamente el clima kirchnerista es una razón para volver a colocar en otro contexto este libro que se publicó en el 2001. Hay un sentido bastante obvio: hay un debate en el espacio progresista, que es un término que cobró vida en los últimos 20 años. En 1970 la palabra progresista indicaba pusilanimidad y no vocación de reforma. En este contexto de debate sobre qué sería ser progresista, el tema del kirchnerismo es importante, y la relación entre izquierda y peronismo reapareció.
¿Qué etapa del peronismo representa el kirchnerismo?
Creo que hay, en parte, una reanudación, y en parte, una dimensión nueva, que no estaba en ninguna de las versiones anteriores del peronismo, ni siquiera la de la izquierda peronista setentista. La relación con el pasado del peronismo que han manifestado tanto Néstor como Cristina Kirchner nunca ha sido simple, ni muy expresa, sino más alusiva que definida. Si uno tuviera que recortar con cierta nitidez, diría que hay en el kirchnerismo una reanudación de ideales, pero en ellos ya no está ni la revolución ni la idea de partido armado. Y esos ideales han sido estilizados en términos de una idea de justicia. Por otra parte, el kirchnerismo retoma la idea, que quedó en un sector de los jóvenes de los 70, de que el peronismo auténtico ya no estaba encarnado en Perón, sino en los jóvenes. Hasta donde puedo recordar, en general las referencias al creador del movimiento no han sido frecuentes en el discurso ni de Néstor ni de Cristina. La idea de que esa juventud encarnaba lo mejor se asocia con la referencia de que "venimos de aquella generación y somos los hijos de las Madres", invirtiendo un poco la relación entre madres y desaparecidos. Con esa constelación, no muy precisa, nebulosa, de elementos está constituido lo que podríamos llamar la identidad kirchnerista, en lo que tiene de continuidad.
¿Y qué novedades plantea?
Es un movimiento de reformas sociales, centrado sobre todo en una nueva distribución. A los ojos de un setentista de 1972 o 73, sin embargo, es un proyecto redistribucionista, no uno que apunte, hasta ahora, a cambiar las estructuras sociales. Junto al reformismo social, está la incorporación de derechos de nuevo tipo, como el relativo al matrimonio igualitario. Incluso la renovación de la Corte Suprema se inscribe dentro de una dimensión más liberal que nacional-popular de las reivindicaciones. Hacer de la Corte Suprema un objetivo a renovar no formaba parte del imaginario radical de los años 70, no sólo para la izquierda peronista, sino para ningún sector de la izquierda. Los jóvenes que son parte de las filas del kirchnerismo tienen un lazo muy laxo, muy tenue, con aquel pasado, de modo que este elemento también novedoso no puede sino tener efectos sobre la composición de la conjunción kirchnerista. Otro elemento importante es que en la épica del peronismo, y también en la del setentismo, el 17 de octubre es una fecha de gran valor simbólico, que simboliza el encuentro del líder con el pueblo trabajador. No hay un lugar para el 17 de octubre en la épica kirchnerista. Más que el pueblo, el gran actor es el propio gobierno kirchnerista y sus dos figuras centrales. Esto hace que el relato sea el relato de un gobierno, que dice que en medio de una Argentina en escombros aparece un dirigente que está en condiciones de elevar al país del infierno y enfrentar a los poderosos. Dentro de los cientos de definiciones del populismo, hay una que lo entiende como aquella política que supone el desafío a los importantes, a los poderosos, en la economía, en la política, en los medios de comunicación. Algo de eso encarna el kirchnerismo, y eso sobre todo llega a los jóvenes.
Es lo que usted llama el "reencantamiento ideológico".
Exactamente. Para los que son de mi generación, muchos de ellos agrupados en Carta Abierta, cabe lo del reencantamiento porque quizás pensaran que la política no les reservaría este capítulo. Pero no sería propio para los chicos de entre 20 y tantos y 30 y tantos años que se han incorporado a la constelación kirchnerista, y para quienes la política vuelve a ser algo que motiva frente al escepticismo que era característico, o a esa idea de que en la política valía el cinismo y no la creencia.
La convocatoria de Cristina Kirchner a los jóvenes ¿será parte de un aprendizaje político, de una experiencia generacional de aquellos jóvenes primero convocados por Perón y luego abandonados por el líder?
No sé si tiene que ver con eso. El peronismo clásico fue el cauce de la incorporación del movimiento obrero a la vida pública. Tal vez el kirchnerismo aspire a ser el canal a través del cual se incorporen de manera masiva nuevas generaciones a la vida pública. En eso, nada podría llamar la atención porque, periódicamente, un político convoca a los jóvenes con distintos mensajes. A través de Alfonsín, la Coordinadora y el movimiento estudiantil de Franja Morada fue una manera de incorporarlos, así como una parte de los jóvenes de la Ucede encontraron en el menemismo una posibilidad de sumarse a la acción política y a la gestión política.
¿Hay algo nuevo en la convocatoria del kirchnerismo?
El kirchnerismo abre cauces para los jóvenes y lo asocia a un compromiso ideológico. No dice simplemente "ustedes pueden hacer carrera acá", aunque puedan, sino que agrega que la empresa vale la pena por razones de justicia, de búsqueda de la igualdad.
El peronismo tuvo su origen en una sociedad más integrada. ¿Cómo le parece que ha logrado el kirchnerismo ser representativo para distintos sectores de una sociedad fragmentada?
El menemismo ya había unido los extremos, y conservó el voto de los descamisados, lo que todo dirigente peronista cuenta como su capital. El asunto es qué añade a ese punto de partida, a ese treinta y tanto por ciento por debajo del cual nunca baja el peronismo. Menem no pudo incluir a una parte muy significativa de las clases medias, que fue antimenemista en parte importante. Como novedad, el kirchnerismo ha incorporado a esa conjunción a buena parte de esas clases medias progresistas que querían otra Argentina. La crisis de los partidos no ha sido superada, pero la virtud que ha tenido el kirchnerismo, sobre todo bajo la gestión de Cristina, ha sido ensamblar esas partes. De modo que ha vuelto a plantearle un nuevo desafío, no a la izquierda radical, sino a lo que se llama progresismo, que no es sino reformismo de izquierda. Ese ha sido el verdadero "hecho maldito" para el progresismo, para Carrió y para una parte del radicalismo, y es un desafío para la coalición que aspira a encarnar Binner. Deja, en cambio, el campo amplio para la derecha, lo que abriría lugar a quienes pretenden encarnar expresiones de ese universo, como Macri.
Parece existir un electorado mucho más volcado a la centroizquierda en la Argentina. ¿Pasó algo en la sociedad argentina que ha ya favorecido este acercamiento?
Pasó algo en la Argentina, en el mundo y en el cono sur de América latina. Es evidente que hicieron crisis las políticas neoliberales y lo que se llamaba el Consejo de Washington ha perdido todo crédito en general. En América latina, este giro a la izquierda se dio en distintas versiones: uno lo puede notar en Brasil, Uruguay, Bolivia, Venezuela y no se puede descartar que haya próximamente un retorno de la Concertación y un espacio progresista en Chile. En la Argentina, creo que la suerte y la perspicacia de Kirchner se asociaron en 2003. Cuando todo el mundo auguraba un presidente débil, del que había muy poco que esperar, porque su campo de acción iba a estar limitado, porque cada medida que quisiera tomar iba a tener que ser aprobada por un Congreso en el que estaba en minoría, aprovechó para ejercer el poder con todos los recursos que ofrece un Ejecutivo en un país presidencialista. Y lo primero que hizo fue responder a una demanda de un gobierno que gobierna, contra el deterioro del 2001, y sobre todo frente a la imagen del presidente que vacila en el ejercicio del poder. Tomó además algunas medidas con las que comenzó la conquista de las clases medias progresistas. La renovación de la Corte era una demanda del mundo progresista en las ciudades. Y el segundo paso fue la política relativa a derechos humanos. Por último, volviendo a esto de desafiar a los poderosos, "puso a parir" a los empresarios, cumplió con el pago de la deuda y así sacó al FMI de la escena. Ese conjunto de orientaciones estableció un cauce dentro del cual se condujo, no siempre de manera coherente, para ganar amplios sectores. No es algo que ocurrió en 2004 o 2005, sino que no ha dejado de ocurrir desde entonces.
El antiperonismo impugnaba moralmente al peronismo, en particular, por su avance sobre las libertades cívicas. ¿Qué ha pasado con este sector de las clases medias progresistas que parecen haber olvidado esos cuestionamientos frente a un kirchnerismo sobre el que hay denuncias y comprobaciones de corrupción y de avances sobre las instituciones?
En el discurso público oficial esas cosas no se asumen, sino que se dice que es el enemigo buscando erosionar a un gobierno popular. Por parte de las clases medias, yo no sé si se trata de insensibilidad, porque es el mismo sector que fue muy sensible a las denuncias de inmoralidad del menemismo. Pero sí creo que es un sector social que piensa que, aun cuando todas esas denuncias sean ciertas, hoy no harían más que lesionar a un gobierno que en líneas generales es mejor que cualquiera de los otros gobiernos posibles. Los políticos o los columnistas que dicen que con el kirchnerismo vivimos en el peor de los mundos van contra el sentido común de las personas en la Argentina. Hablar de "países serios" en un mundo revuelto, en el que países que hace unos años eran ejemplo hoy se hunden, es pagar tributo a una ideología, no a la experiencia. Toda interpelación al ciudadano que adopte este enfoque está condenada al fracaso. Otro elemento importante es que el kirchnerismo transmite un valor político, no importa si es un gobierno conservador o reformista, que es que puede gobernar un país difícil de gobernar. Es un valor difícil de cuantificar y de definir. Para mucha gente, el gobierno de Cristina Kirchner reduce la incertidumbre.
En este escenario, qué difícil ser un líder de centroizquierda que quiera convertirse en una alternativa. Pienso en Binner, que se presenta como una persona moderada, respetuosa de las instituciones. ¿Cómo salir a enfrentar a un gobierno que combate, que se muestra avasallante?
Que quiere monopolizar la representación del pueblo.
¿Cómo puede hacer una centroizquierda que quiera ganar un lugar en este escenario?
No sé qué piensa Binner, pero tal vez él haga una apuesta a más largo plazo, piense que este no es su turno, pero que tiene que instalar una alternativa ahora. Tal vez mire el ejemplo del Uruguay, donde el Frente Amplio tuvo un largo camino antes de instalarse como alternativa de gobierno en Montevideo y luego nacional. O el ejemplo de Lula. El mismo Partido Socialista, por su naturaleza, es un partido de trabajadores pacientes. Es probable que Binner no crea que este sea su turno, no sé ni siquiera si cree que su turno es el siguiente. Ahora, ¿quién puede garantizar ese futuro?
Usted distingue "peronismo verdadero" de "peronismo empírico". ¿Cuál es la vara hoy para medir el "peronismo verdadero"?
Creo que algo de eso quiso ser Pino Solanas, una encarnación de los valores aquellos que hoy son traicionados por el gobierno. No es en ese cauce donde se instala Rodríguez Saá, que habla en nombre del peronismo; ni el peronismo llamado disidente, o Duhalde. Hoy aquellos que reclamaban el peronismo verdadero parecen considerar que éste que está en el gobierno es más próximo al peronismo verdadero de lo que fueron los otros. Menem era la traición al peronismo y tampoco es verdadero el peronismo sindical, visto siempre como un peronismo más inclinado a la transacción que a la lucha por la emancipación nacional. Es probable que piensen que finalmente el gobierno kirchnerista custodia mejor esa idea.
Existe la idea muy extendida en la Argentina de que solo el peronismo puede gobernar el país. ¿Usted está de acuerdo?
Hay que partir de la base de que este es un país difícil de gobernar. Uno de los problemas para gobernar es el propio peronismo, porque en general le resulta difícil asumir el lugar de ejercicio de la oposición fuera del poder. Pero no, no creo que sea la única fuerza capaz de gobernar. Vamos a ver qué desafíos tiene el kirchnerismo en el futuro. Queda abierta la cuestión de si al fin no se producirán en la Argentina dos campos, el de la centroderecha y el de la centroizquierda, que se disputarán entre varias fuerzas. Eso abriría paso a un sistema de alternativas como en otros países. ¿Por qué no? El futuro está abierto a varios posibles. No creo que el peronismo sea la única fuerza que puede gobernar porque no hay grandes amenazas al país, al menos mientras el viento de cola siga soplando. Ese es un factor muy importante.

MANO A MANO

En los enfrentamientos y las polémicas que viene sosteniendo el mundo intelectual en torno al kirchnerismo, Carlos Altamirano ha elegido un prudente y medido segundo plano. No levanta la voz ni debate en los medios, no firma solicitadas ni adhiere a manifiestos, pero tampoco se refugia en un trabajo académico desvinculado de la experiencia política. Quizás por eso, cuando habla públicamente, como en una entrevista, este intelectual que es bibliografía obligatoria en su campo -Bajo el signo de las masas, Para un programa de historia intelectual- es tan amable y generoso con sus ideas como poco dado a las declaraciones terminantes. Suele decir que la tarea de un intelectual es poner complejidad donde todo parece simple. Se explica, entonces, que alguien que ha dedicado su vida académica al estudio de las ideas y la crítica cultural sea tan escéptico sobre el impacto que tienen en el ejercicio político concreto, o como herramienta para pronosticar hacia dónde se moverá la historia. "Un político que consulta a un intelectual no es un buen político. Un buen político tiene olfato", me dice.
Si entrevistar a algunos personajes se parece a un juego de esgrima, hacerle preguntas a Altamirano es como una partida de ajedrez: sea cual sea el resultado, uno se queda pensando.
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1 comentario:

Gusquin dijo...

lo leía y pensaba: no puede ser que Altamira diga estas cosas... y no, no era

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