jueves, 8 de diciembre de 2011

Otra de las razones de este feriado: 17 años de la muerte de Tom Jobim


Regresaba en taxi aquél 9 de diciembre de 1994 de madrugada y escuché la noticia. Fui a un kiosco a buscar la confirmación y la encontré en Diario Popular: había fallecido Antonio Carlos Jobim. A la mañana siguiente le dediqué las cuatro de mi programa en la FM Latinoamericana y esa tarde, sumido en una gran tristeza, sólo hallé algo de consuelo cuando puse a sonar un CD de Irakere en vivo en el Ronnie Scott de Londres. Claro, quizá Chucho Valdés pasaba a ser en esas horas el gran referente vivo que me quedaba en materia de música internacional. Ya habían muerto Duke Ellington, Astor Piazzolla, Miles Davis y ahora Tom Jobim . Era devastador, de verdad. Al menos así me sentía yo, arrasado.

Es que los enfermitos que amamos más un disco que un pantalón somos así, capaces de gastarnos una fortuna en una reliquia o en una reedición (en estos días me vengo comprando toda una colección de discos de Goyeneche que ya tengo, pero ahora quiero los originales...) ¿Sabés las veces que me gasté una fortuna en un disco, que luego lo puse con toda la alharaca posible en la radio y sin embargo el mundo no se detuvo, y ni siquiera un sólo oyente se dignó dejar un llamadito diciendo "me gustó"? Para mí la muerte de Jobim fue grave, creo, porque en ese instante preciso tuve la certeza de que el mundo enterraba a un irrepetible de su música popular. Por ahí pasa la cosa. La música popular de América tuvo y tiene grandes creadores, muchos, muchísimos, y por encima de ellos están los dioses como Ellington, Piazzolla, Miles y Jobim. Creo también que la pesadumbre que me envolvió 17 años atrás se explica en que había muerto un inventor de sonidos nuevos y que ese deceso decretaba el comienzo de lo que denomino como un gran amesetamiento de las músicas pupulares del continente. Desde el jazz norteamericano a nuestro tango, pasando por la bossa nova, se percibe cierto estancamiento creativo, como que hace rato que no escuchan cosas nuevas, como que ahora se revisita lo conocido con un nivel de técnica en la instrumentación de la ostia, pero se toca todas cosas que ya hemos escuchado antes. Carlos Franzetti, por ejemplo, me dijo una vez que en el terreno del jazz los últimos que tocaron cosas nuevas fueron McCoy Tyner y Bill Evans a fines de los sesentas, que luego de ellos no han habido innovaciones que llamen la atención. Ricardo Lew me decía allá por 2002 que el emblemático Berklee College of Music produce por año decenas de saxofonistas que tocan y suenan como Michael Brecker, esto es, grandísimos saxofonistas que en rigor son clones de Brecker, 20 o 30 nuevos Michael Brecker que se incorporan a la escena del jazz por año. He aquí una de las razones de la crisis. La naranja musical se queda sin jugo, se secan las grandes lagunas, se acaban las ideas, la creatividad queda en suspenso y lo único que surge son nuevos instrumentistas, jóvenes con una técnica que verdaderamente asombra, pero que no tienen una sola idea nueva que aportar. Lo hacen todo mejor, casi sin errores, pero repiten todo lo conocido (estoy hablando de música, je...)

Creo que estamos en un gran problema y nadie sabe si algunas vez se encontrarán nuevos senderos para que la música popular pueda seguir avanzando. De momento se ha encontrado el recurso de ir país por país, región por región, descubriendo cada ritmo original, cada manifestación musical no masificada y esa cantera va a dar todavía mucho de comer a buena parte de la industria. Sin ir más lejos, Perú y Colombia solos te garantizan un montonazo de ritmos para trabajar. También pasa que junto al desarrollo desigual del capitalismo los descubrimientos de las músicas étnicas no se dan todos al mismo tiempo. Totó la Momposina logra algún reconocimiento internacional luego de los sesenta años y la querida Lágrima Ríos murió sin que el mundo se enterara de su arte. Quizá sea también que las música tienen un desarrollo medio como predeterminado y que se llega a un punto donde no se puede avanzar más, vaya uno a saber, y pasa entonces que lo novedoso es lo desconocido, aunque tenga medio siglo de vida, como cuando mucha gente descubrió a los jubilados del Buena Vista Social Club (que no estaban marginados por razones artísticas sino estrictamente retirados por razones de edad. A ver si mañana La Nacion empieza a decir que Horacio Salgán está marginado por no definirse oficialista...)

La muerte de Tom Jobim despertó estas dudas en mí en aquél diciembre de 1994. 

Por eso la tristeza. 

Creo que más que por el viejo Tom, lloraba por el tiempo medio de seca que estábamos inaugurando.
.

4 comentarios:

Pablo dijo...

Vamos Gerardo!
sigamos hablando de esto...

Sin estar muuuy informado, creo que la salsa y algunos géneros vinculados tienen más vitalidad (en el contexto de esto que decís)
pensar que en 1945 el tango estaba casi en la misma línea que la salsa y quizás un poco atrás del jazz en cuanto a evolución y complejidad.

En el caso de la salsa contra el tango creo que una de las claves es que pudo seguir siendo bailable (eso le dio un rebote popular que quizás le ayudó a afrontar el vendaval del rocknroll de los 50-60)
Brasil también aguantó muy bien la embestida incluso hay MPB que tomó cosas del rock (imposible que un tanguero lo hubiera hecho)
Creo que en Brasil a Piazzolla lo hubieran adorado y acá los tangueros hicieron lo posible por sacudirle...

muy lindo post, sirve para comprender la batalla cultural también...
(calor acá en Rosario)

Daniel dijo...

El más grande. El gran Tom.

Raúl C. dijo...

En el living tengo un altarcito con una llamita por Tom. (Hay otros músicos también).

Raul dijo...

Una reflexión sobre Jobim y el nombre del aeropuerto argentino. Besos desde Carcassonne. http://raulcristian4.blogspot.com/2008/07/aeropuertos.html

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